Chobi

junio 23, 2009

Chobi se ha puesto serio. Antes temerario guerrero, hoy achacoso, ciego, sordo y quejumbroso, gira la cabeza con la misma expresión amistosa, amable, de hace mil años. Vamos al veterinario. Chobi odia tanto ir al veterinario como yo visitar médicos.

Apenas tenía un año de casado, caía dos o tres veces por semana a casa de mi madre para disfrutar de sus potajes arequipeños y reencontrarme con mi antigua cama y la almohada hundida que me extrañaba a gritos la pobre. En una de esas, al salir del ascensor, encuentro a la señora Betty, la vecina, jalando a su perra, una terrier-pequinesa-puddle-pomerania traviesa y juguetona. En brazos lleva un extraño ser que a primera vista parece un pedazo de oso de peluche. La perra ha traído al mundo tres cachorros, dos ya han sido adoptados pero al más enano nadie lo quiere, está enfermo, tiene bronconeumonía, tose, se asfixia. El padre es un pequinés auténtico, con papeles y todo, la madre tiene el encanto de lo chusco. La señora Betty no puede con más de un perro en su pequeño departamento, va a tener que tirar al enano al río. Cárgalo. Todavía no tiene nombre. Sin siquiera pensar me escucho a mí mismo decir:

- Yo me lo llevo.

- Espérate que te doy una caja para que lo metas ahí.

Ya en al auto me sigo escuchando decir:

- Te vas a llamar Chobi.

Yo también vivo en un departamento y no vivo solo, tendría que haberte preguntado primero pero entre este peluche y yo hay algo más que simpatía. Es como si él mismo me hubiese dicho su nombre con la mirada.

Mientras manejo hacia Miraflores, Chobi asoma la cabeza desde el borde de la caja, tose; le toco la cabeza, la barriguita, arde en fiebre; por entonces yo todavía estudio medicina, paramos en la farmacia y compro un jarabe infantil antibiótico y expectorante y unas cápsulas de ampicilina. Cuando llego a casa, antes que puedas decir nada te cuento lo que ha pasado y te entrego a Chobi y él demuestra que sabe estar a la altura de las circunstancias y te hace fiestas y te lame toda la cara. Yo y Chobi sabíamos que no podrías resistir. Esa noche la pasaríamos en vela cuidándolo, y cuando su respiración se hacía agitada, débil, y parecía que se nos moría lo cargabas y le hablabas y en la mañana, cuando le pasó la fiebre, organizaste las cosas de tal manera que siempre hubiese una persona cuidándolo. Esa noche Chobi resistió, sobrevivió. Y en adelante creció rápido aunque no demasiado, no se alejó mucho del suelo pero aprendió a ser obediente, a sentarse, a echarse, siempre y cuando lo sacásemos a la calle dos veces al día y de tiempo en tiempo lo dejásemos a solas con alguna perrita apetecible y del tamaño apropiado. En realidad la raza nunca fue una limitación. No debe serlo.

Chobi juega conmigo durante horas. Por alguna razón odia a los carteros en bicicleta, a los jardineros en bicicleta, y sin embargo mueve la cola y retoza alrededor de los niños que pasean en sus montañeras. A pesar de su tamaño, llegó a convertirse en el rey de la cuadra. Hasta que apareció Norris.

Fue hace algunos años, era un boxer grande, suelto, a unos treinta metros de nosotros. Chobi, se escapó, cayó por sorpresa y aprovechando su pequeña estatura se deslizó entre las patas del perrazo e intentó lo más sensato en estos casos: un buen mordisco en cierta zona sensible de la anatomía del enemigo, una sucia treta que produce indescriptibles alaridos de dolor animal en el animal afectado pero el energúmeno era un perro entrenado por la policía, un Chuck Norris en versión canina que,  al verse atacado, ejecuta un salto al estilo karateka, aplica sus mandíbulas sobre el sacro coxis de Chobi y se dedica a sacudirlo por el aire y golpearlo contra el suelo como un monigote y cuando los separamos a escobazos -todo el vecindario apaleando al monstruo que echaba espuma por la boca- Chobi ya no podía caminar, dejó que lo cargue por primera vez en su vida. Nunca le había gustado que lo carguen, le molestaba, lo que pasa es que se aburre rápido de la gente que no conoce y se aburre más con los conocidos. Al llegar a la puerta de la casa quiso que lo deje en el suelo, trató de entrar primero como siempre pero se caía.

Desde entonces parecía el mismo de siempre pero, obviamente, estaba fingiendo pues lo escuchábamos llorar por las noches. El veterinario nos dijo que tenía la cadera zafada, que nunca quedaría como antes. En efecto, nunca volvió a pelear, se cansaba con una vuelta a la manzana, ladraba a los perros de la vecindad pero ya no se acercaba. Sus antiguos contrincantes empezaron a enmudecer, por la edad, o a desaparecer y cuando Chobi podría considerarse dueño de la situación –a Chuck se lo llevaron en una jaula de ruedas, con bozal y una cinta roja amarrada en la pata- vinieron en huaico las dolencias, las cataratas, la alergia, los huesos que se salen de su sitio.

Uno o dos minutos antes que yo llegue Chobi siempre presiente, ladra y se va a la puerta, aún en las ocasiones en que no se me espera y a horas no habituales. Chobi entra conmigo a cualquier sitio, por más oscuro y siniestro que sea. Siempre dispuesto a la aventura aún a costa de terminar mal parado. Chobi es chusco, chusco en todo, chusquísimo, tiene algo de perro callejero, algo de lord, de pequinés, de moscovita, algo de europeo, bastante de cholo, un poco de todo. Un perro bien peruano. Hoy, otros canes más jóvenes son dueños de la calle. En invierno Chobi duerme todo el día y ya no reconoce casi a nadie. En verano emerge despeinado y legañoso, sale al patio para tomar sol y se está allí solo, mirando el jardín sin verlo, cualquiera diría que está recordando.

Me mira con esa expresión inconfundible de interrogación ¿Vamos a ir a pasear? Y soy yo quien no puede entender ¿Por qué mis preocupaciones o mis ideas tendrían que ser más importantes, más trascendentes? De hecho no lo son. Chobi ladea la cabeza preguntando, qué otra cosa puede ser más importante que salir pasear un rato, pero él ya no puede. Un descuido y Chobi se nos queda ahí en el sitio por lo del corazón, sufre de arritmia.

Chobi me dice con la mirada que, si se trata de eso, ¿qué mejor modo de morir que en la calle? Y, como siempre, tendría razón. Llegamos a la veterinaria y Chobi deja de quejarse y de gemir. Olfatea en el aire, desde hace tres días que no duerme; llora, aúlla, tiembla aterrorizado, ya el veterinario nos ha explicado: por alguna razón su cerebro va perdiendo materia, se está haciendo poroso y el resultado son alucinaciones, terrores, visiones y sonidos que lo acosan. No hay cura, podemos mejorar el riego sanguíneo, tratarle la arritmia, pero nada garantiza que en sueños no le asalten los demonios y sufra. La voz melosa del doctor:

- Tenemos que ponerlo a descansar.

¿Por qué los políticos, los médicos y los veterinarios hablan en plural?

Recuerdo a mi padre cuando me pedía que lo dejemos morir, que no prolonguemos su sufrimiento, ¿quién soy yo para decidir sobre la vida de los demás? Estoy a punto de tomar a Chobi y regresar a la casa pero está tan tranquilo, eso es raro, ha dejado que el veterinario lo examine, yo sé que odia a este veterinario como odia a todos los veterinarios, a los políticos y a los carteros en bicicleta. Es raro.

Abrazo a Chobi, su lengua húmeda sobre mis mejillas lamiendo mis lágrimas y no sé a quien echarle la culpa. Cierro los ojos y al abrirlos Chobi está allí dormido.

Los mochicas creían que seres humanos y animales, al morir, emprenden un viaje de regreso en el que todo ocurre en sentido inverso. Si eso fuese cierto mi viejo Chobi irá rejuveneciendo en esa región lunar y volverá a pelear y a querer y quizá logre, ahora sí, agarrar de las bolas al maldito Chuck Norris y desquitarse.

Un rato después voy arrojando la tierra con mis manos sobre su cuerpo pequeño, entierro con él una parte, quizá la mejor, de mí mismo.


MARIANA CREIMERMAN

octubre 29, 2009

MARIANA CREIMERMAN

Mariana, era una chica alta, la voz clara, los cabellos rubios, largos, sueltos, guapa sí, pero en primer lugar inteligente, mirada inteligente y sonrisa casi sarcástica siempre. Mariana Creimerman es una de las mujeres más inteligentes que he conocido en mi vida. Mariana aparentemente lo tenía todo, formación, una educación completa, una familia acomodada, buena pinta, facilidad para escribir sin alardes pero siempre con ese deslumbrante brillo que todos admirábamos. Sin embargo detrás de esas apariencias había más de un quiebre profundo, empezando por un padre que resultó envuelto en evasiones diversas y terminando en la propia Mariana que hizo de su vida un peligroso experimento al límite.

Una anécdota que ella me contó ilustra lo último: Mariana, en sus años de esplendor, salía de noche a recorrer la ciudad. A caminar. No se limitaba a San Isidro o Miraflores. Ni hablar. Se iba a Lince o  la Victoria sin siquiera pensar en el riesgo que corría. Indefectiblemente, al rato de merodear por ahí, entre huacas y cuarteles y calles mojadas, aparecían los vampiros. Hombres, solitarios, de esos que sólo salen de noche. Y la seguían. Y se iban acercando. Nunca le hablaban. El floro, meter conversación, es cosa diurna, estos sujetos no querían hablar, querían robar o violar y punto. Querían sangre. Pero no se atrevían. Era como si no pudiesen creer que esa mujer alta y rubia, blanca, de ojos claros, estuviese de veras ahí, Mariana era imposible, era demasiado. Ella contaba que, en algunos casos, los más avezados la seguían muy de cerca, a pocos metros, cada vez más cerca y entonces ella se volteaba y los encaraba con firmeza: ¿qué quieres? Y los chacales, como murciélagos a los que se ilumina con un potente faro, regresaban a la oscuridad murmurando obscenas imprecaciones.

Eso era Mariana, una mujer que sin quererlo cargaba con su propia aureola de luz deslumbrante y se consumía en esa llama.

Hace un par de años la encontré nuevamente, en Cusco. Ya no escribo, me dijo con aire inconmovible y agregó: escribir me hace daño. Lo entendí. Mariana era el tipo de persona que no haría nada a medias. Para ella escribir no significaba lo mismo que para la mayor parte de la gente. Escribir de verdad entraña siempre un desgarramiento.

Mariana parecía haber logrado un cierto equilibrio por fin, gracias a Vera, su fiel compañera de años postreros, a la generosidad tolerante de los dominicos, a ese ambiente cusqueño deliciosamente cosmopolita y culto que pervive junto al provincianismo más cerril, pero ¿cuál fue el costo de ese equilibrio?

La vida de Mariana Creimerman encarna por un lado y con trágica contundencia,  la torpeza, el desprecio visceral, la estúpida saña con la que son tratados los intelectuales y los artistas en esta parte del mundo, pero también, por otro lado, la soledad, la angustia sin solución, que acosarán siempre a quienes no se resignan, o no son capaces de aceptar ciertas cosas.

Ojalá la gente de CARETAS se anime a  recopilar los escritos de Creimerman, ojalá Vera pueda encontrar y rescatar las otras cosas que ella escribía pero no sé si es eso lo que Mariana querría. No conocemos la causa de su muerte, ella nunca quiso hacerse chequeos o exámenes. Estaba en su derecho. En realidad tampoco interesa. Como ella lo quiso, sus cenizas vuelan ahora hacia el Cusco. Buen viaje, Mariana Creimerman.


LA DESAPARICIÓN DE ROSA CREIDOR

octubre 29, 2009

Mariana Creimerman ha muerto. Rosa Creidor se extingue, como debe ser, por partes. Se niega a desaparecer del todo.

Eran tiempos en los que existía una revista llamada CARETAS que toreaba con humor todas esas frivolidades que hacen la cotidianeidad en una ciudad cortesana y novelera como Lima: la política es la primera de ellas y luego el arte, la cultura, el “acontecer nacional”, los sucesos de sociedad. Por entonces, setenta y ochentas, solíamos bromear con respecto a los personajes que aparecían primero en Ellos y Ellas y pasaban indefectiblemente, tarde o temprano, a la sección policiaca gracias a un crimen pasional o un laboratorio que hacía indiscreta explosión.

Es en ese ambiente privilegiado, con Manuel D’ornellas, Hildebrandt, Ampuero, Cortés (el popular “Casimiro Miranda”),  LAS como comentarista, Carrasco, Gorriti, Lévano, Tamariz, Elmore, Ackermann, Vargas, Ugarriza, Ezeta y tantos otros, entre ellos mi propio hermano Álvaro que falleció el año pasado y, desde luego, los Zileri y la inolvidable Doris Gibson, con un amplio abanico de gente brillante, que escribía y escribía bien, con estilo y con brío, a Coco Salazar se le ocurre inventar a Rosa Creidor usando la primera sílaba del apellido de los involucrados: ROjas SAlazar CREImerman DORnellas (Tomás).

Salazar, personaje extraordinario y pluma excepcional cuando se lo proponía, estaba a punto de morir desde el primer día que lo conocí. Vivía en estado de agonía, adolorido por una úlcera sangrante, amenazado por extraños fantasmas familiares, anunciando todos los días su inminente desaparición de este valle de lágrimas. Un par de veces hizo correr el rumor de su propia muerte. De tal manera que yo llegué a pensar que se trataba de una eficaz estrategia de longevidad y al fin de cuentas Salazar nos enterraría a todos. No fue así, murió el 8 de junio del año pasado con 68 años bien vividos. Fue el primero.

El lunes 26 nos enteramos de la muerte de Mariana. ¿Quién era Mariana Creimerman?


Agradecimiento

agosto 12, 2009

Ayer en la nueva CPN radio celebramos el primer aniversario de nuestro relanzamiento. Hoy debemos reiterar el agradecimiento por las múltiples muestras de felicitación y aprecio que hemos recibido y seguimos recibiendo. GRACIAS a quienes nos llamaron, o se acercaron a la radio, a quienes tuvieron la gentileza de enviarnos hermosos arreglos florales o tarjetas, el ministro Francis Allison, el grupo Parlamentario de Unidad Nacional, el alcalde Lima, las empresas Talma, José R. Lindley, Somos Empresa. A Karyn Augusto y Sandra Buendía de MICROSOFT, la Biblioteca Nacional, a Rómulo Pizarro de DEVIDA, al Decano y la junta directiva del Colegio de Abogados de Lima, a Hans Berger de Luz del Sur. A la bancada de UPP y a la bancada Nacionalista por las mociones de reconocimiento que han planteado ayer al pleno. A todos los parlamentarios y funcionarios públicos y del sector privado que nos han felicitado. En realidad no podemos mencionar a todos. Nuestro agradecimiento está destinado en especial a nuestros oyentes, razón de ser y la motivación central de nuestro esfuerzo. Ayer hemos celebrado de la mejor forma que conocemos: trabajando y reiterando nuestro compromiso y nuestra fe en el futuro del Perú.

DIRECCIÓN PERIODISTICA CPN RADIO


Niño Compadrito II

junio 24, 2009

PLIEGO DE RECLAMOS AL COMPADRITO

NIÑO VENGADOR

Por Gonzalo Rojas Samanez
Niño Compadrito

Hoy te vengo a pedir perdón y dejarte todos mis pequados… Vengo a dejarte todo mi dolor y sufrimiento … no permitas que caiga en los caminos malos yo necesito la justicia de mi padre … hasta cuando boya seguir sufriendo tú eres el único que me escucha… todo esto es una tormenta la vida ya no tengo salida ni fortuna ni se cuando la tendre lo unico que yo te pido es que por favor le toques el corazon a mi papá y decirle cuanto sufro al no estar en su lado por favor ayudame necesito hablar con el personalmente necesito escuchar su voz … (tu sierva M.)

Son notas garrapateadas con letra nerviosa sobre papel de carta, periódico, cartones de chocolates Winter, estampas de la Santísima Virgen de Guadalupe, de Nuestra Señora del Encuentro con Dios, sobre volantes del Canario Mentalista (famoso adivinador) o puede ser en el reverso de la foto de la persona a perjudicar. Para esto último, el daño malévolo, se recurre con frecuencia a cualquier papel o manuscrito que aluda directamente a la persona odiada: su carnet de postulante, fotocopia de su DNI, su tarjeta de presentación, alguna carta escrita de puño y letra por el o la sinvergüenza que nos ha hecho sufrir. En esta nota hemos querido respetar la redacción original, sólo hemos omitido nombres y circunstancias comprometedoras.

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El niño compadrito

junio 24, 2009

CULTO POP ULAR  EN EL CUSCO

VÍA CRUCIS (Y FURIA) DEL NIÑO COMPADRITO

Por: Gonzalo Rojas Samanez

Siniestro y bondadoso al mismo tiempo, protector o castigador, hijo, según una improbable leyenda, de un tiránico noble español con una nativa, su cuerpo supuestamente reducido en vida por vengativos selváticos recibe ahora el multitudinario fervor de los más humildes al interior de una urna de madera pobremente instalada en una vivienda cusqueña. El Niño Compadrito se comunica con sus fieles (convencidos de sus virtudes milagrosas y justicieras) a través de los sueños en una compleja trama de códigos y jerarquías. Fue proscrito oficialmente por la curia cusqueña en 1976 y estuvo en la clandestinidad durante 6 años retornando triunfante tras la muerte de sus supuestos detractores. Su culto cobra cada día nuevos adeptos en el sur peruano a un ritmo espectacular. Para colmo, según sus devotos, a esta mini calavera embellecida con ojos azules, pestañas y dientes, ahora le crece el cuerpo, ya no le entra la ropa, así que está lista, con todo derecho, para incorporarse a la galería de iconos de la religiosidad popular peruana junto a Sarita Colonia y similares. Aquí una primera entrega.

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