Niño Compadrito II

junio 24, 2009

PLIEGO DE RECLAMOS AL COMPADRITO

NIÑO VENGADOR

Por Gonzalo Rojas Samanez
Niño Compadrito

Hoy te vengo a pedir perdón y dejarte todos mis pequados… Vengo a dejarte todo mi dolor y sufrimiento … no permitas que caiga en los caminos malos yo necesito la justicia de mi padre … hasta cuando boya seguir sufriendo tú eres el único que me escucha… todo esto es una tormenta la vida ya no tengo salida ni fortuna ni se cuando la tendre lo unico que yo te pido es que por favor le toques el corazon a mi papá y decirle cuanto sufro al no estar en su lado por favor ayudame necesito hablar con el personalmente necesito escuchar su voz … (tu sierva M.)

Son notas garrapateadas con letra nerviosa sobre papel de carta, periódico, cartones de chocolates Winter, estampas de la Santísima Virgen de Guadalupe, de Nuestra Señora del Encuentro con Dios, sobre volantes del Canario Mentalista (famoso adivinador) o puede ser en el reverso de la foto de la persona a perjudicar. Para esto último, el daño malévolo, se recurre con frecuencia a cualquier papel o manuscrito que aluda directamente a la persona odiada: su carnet de postulante, fotocopia de su DNI, su tarjeta de presentación, alguna carta escrita de puño y letra por el o la sinvergüenza que nos ha hecho sufrir. En esta nota hemos querido respetar la redacción original, sólo hemos omitido nombres y circunstancias comprometedoras.

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El niño compadrito

junio 24, 2009

CULTO POP ULAR  EN EL CUSCO

VÍA CRUCIS (Y FURIA) DEL NIÑO COMPADRITO

Por: Gonzalo Rojas Samanez

Siniestro y bondadoso al mismo tiempo, protector o castigador, hijo, según una improbable leyenda, de un tiránico noble español con una nativa, su cuerpo supuestamente reducido en vida por vengativos selváticos recibe ahora el multitudinario fervor de los más humildes al interior de una urna de madera pobremente instalada en una vivienda cusqueña. El Niño Compadrito se comunica con sus fieles (convencidos de sus virtudes milagrosas y justicieras) a través de los sueños en una compleja trama de códigos y jerarquías. Fue proscrito oficialmente por la curia cusqueña en 1976 y estuvo en la clandestinidad durante 6 años retornando triunfante tras la muerte de sus supuestos detractores. Su culto cobra cada día nuevos adeptos en el sur peruano a un ritmo espectacular. Para colmo, según sus devotos, a esta mini calavera embellecida con ojos azules, pestañas y dientes, ahora le crece el cuerpo, ya no le entra la ropa, así que está lista, con todo derecho, para incorporarse a la galería de iconos de la religiosidad popular peruana junto a Sarita Colonia y similares. Aquí una primera entrega.

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Tradiciones provincianas III: Milagro en el seguro social

junio 24, 2009

in memoriam Alvaro Rojas Samanez

Sopla un viento inusualmente frío, agresivo. Necesito un milagro caracho, se dice a sí mismo Armando. Estamos en temporada de lluvias. En cualquier momento puede caer un aguacero o granizar. Hay que apurarse. Todo está listo. Las banderas subirán despacio con los patriótica, regional y distritalmente emocionantes acordes de los himnos del Perú, de la región, y del distrito.  Armando, sentado en una banca cercana, contempla la escena sintiéndose preso, envuelto en un halo de negra amargura. El Alcalde, el Obispo, el Presidente Regional, el Gerente de la transnacional que representa el 40 % del PBI regional, el Gobernador, los directores, regidores y alcaldes distritales, consejeros, empleados, funcionarios y hueleguisos oficiales, los niños de las delegaciones escolares embutidos en sus uniformes horribles, la Kimberli I, electa Reina de la Región, la reina saliente, Milaidi I y su hermana, Miss Simpatía, la agraciada Alis I, quien sin duda debió ser reina pero -cuándo no- hubo trafa y salió la hermana que ni siquiera había postulado… Todo el mundo está ahí, varios de los presentes han estudiado con Armando en el colegio o han sido sus vecinos o los conoce desde que llegaron a estas benditas tierras.

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Tradiciones provincianas II: Alguien nos mira desde la sopa

junio 24, 2009

Esos ojitos negros o Alguien nos mira desde la sopa

In memoriam Jorge Rojas Samanez

El restaurante no tiene nombre ni letrero, en realidad tampoco es restaurante aunque cumple exactamente las mismas funciones. Es una “picantería” cusqueña ubicada en una casa muy antigua, de bases incaicas, a unas siete cuadras de la Plaza de Armas. Hay otra a dos cuadras que sí tiene letrero, en él se lee: “Picantería La Chuccha”, que en quechua significa pelo o cabello, pero no es tan buena como esta, además, piensa Eloísa, ese nombre como que no anima a entrar ¿no?

Eloísa está contenta, por fin el Jefe da señales de humanidad. No le ha importado atravesar el corredor oscuro y sucio de la entrada que uff apesta horrible porque ahí nomás están los baños que son unos cagaderos y meaderos infames como los de los mercados, los cines, los municipios, los estadios o los ministerios, es decir, como en todas partes; el Jefe lo ha notado pero no ha dicho nada. Ay usted disculpará Jefecito pero así son estos sitiecitos y él tranquilo, irreconocible, debe haber tomado algo el hombre, su tonelada de valeriana seguro, No te preocupes Eloísa, todo eso es parte del encanto, del color local que le dicen. Ella nunca le lleva la contra al Jefecito, ay tan lindo que es este Jefecito aunque a veces el desgraciado tiene un genio maldito, de repente hay oportunidad para llevarlo aparte y pedirle aumento porque lo que pagan en esta empresa de michi es una mi-seria mientras ellos se llevan la plata en carretadas, no es justo papay, Qué bueno Jefe, además el salón en su adentro es, ahí ya no apesta nadita, adelante por favor, pase, pase.

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Chobi

junio 23, 2009

Chobi se ha puesto serio. Antes temerario guerrero, hoy achacoso, ciego, sordo y quejumbroso, gira la cabeza con la misma expresión amistosa, amable, de hace mil años. Vamos al veterinario. Chobi odia tanto ir al veterinario como yo visitar médicos.

Apenas tenía un año de casado, caía dos o tres veces por semana a casa de mi madre para disfrutar de sus potajes arequipeños y reencontrarme con mi antigua cama y la almohada hundida que me extrañaba a gritos la pobre. En una de esas, al salir del ascensor, encuentro a la señora Betty, la vecina, jalando a su perra, una terrier-pequinesa-puddle-pomerania traviesa y juguetona. En brazos lleva un extraño ser que a primera vista parece un pedazo de oso de peluche. La perra ha traído al mundo tres cachorros, dos ya han sido adoptados pero al más enano nadie lo quiere, está enfermo, tiene bronconeumonía, tose, se asfixia. El padre es un pequinés auténtico, con papeles y todo, la madre tiene el encanto de lo chusco. La señora Betty no puede con más de un perro en su pequeño departamento, va a tener que tirar al enano al río. Cárgalo. Todavía no tiene nombre. Sin siquiera pensar me escucho a mí mismo decir:

- Yo me lo llevo.

- Espérate que te doy una caja para que lo metas ahí.

Ya en al auto me sigo escuchando decir:

- Te vas a llamar Chobi.

Yo también vivo en un departamento y no vivo solo, tendría que haberte preguntado primero pero entre este peluche y yo hay algo más que simpatía. Es como si él mismo me hubiese dicho su nombre con la mirada.

Mientras manejo hacia Miraflores, Chobi asoma la cabeza desde el borde de la caja, tose; le toco la cabeza, la barriguita, arde en fiebre; por entonces yo todavía estudio medicina, paramos en la farmacia y compro un jarabe infantil antibiótico y expectorante y unas cápsulas de ampicilina. Cuando llego a casa, antes que puedas decir nada te cuento lo que ha pasado y te entrego a Chobi y él demuestra que sabe estar a la altura de las circunstancias y te hace fiestas y te lame toda la cara. Yo y Chobi sabíamos que no podrías resistir. Esa noche la pasaríamos en vela cuidándolo, y cuando su respiración se hacía agitada, débil, y parecía que se nos moría lo cargabas y le hablabas y en la mañana, cuando le pasó la fiebre, organizaste las cosas de tal manera que siempre hubiese una persona cuidándolo. Esa noche Chobi resistió, sobrevivió. Y en adelante creció rápido aunque no demasiado, no se alejó mucho del suelo pero aprendió a ser obediente, a sentarse, a echarse, siempre y cuando lo sacásemos a la calle dos veces al día y de tiempo en tiempo lo dejásemos a solas con alguna perrita apetecible y del tamaño apropiado. En realidad la raza nunca fue una limitación. No debe serlo.

Chobi juega conmigo durante horas. Por alguna razón odia a los carteros en bicicleta, a los jardineros en bicicleta, y sin embargo mueve la cola y retoza alrededor de los niños que pasean en sus montañeras. A pesar de su tamaño, llegó a convertirse en el rey de la cuadra. Hasta que apareció Norris.

Fue hace algunos años, era un boxer grande, suelto, a unos treinta metros de nosotros. Chobi, se escapó, cayó por sorpresa y aprovechando su pequeña estatura se deslizó entre las patas del perrazo e intentó lo más sensato en estos casos: un buen mordisco en cierta zona sensible de la anatomía del enemigo, una sucia treta que produce indescriptibles alaridos de dolor animal en el animal afectado pero el energúmeno era un perro entrenado por la policía, un Chuck Norris en versión canina que,  al verse atacado, ejecuta un salto al estilo karateka, aplica sus mandíbulas sobre el sacro coxis de Chobi y se dedica a sacudirlo por el aire y golpearlo contra el suelo como un monigote y cuando los separamos a escobazos -todo el vecindario apaleando al monstruo que echaba espuma por la boca- Chobi ya no podía caminar, dejó que lo cargue por primera vez en su vida. Nunca le había gustado que lo carguen, le molestaba, lo que pasa es que se aburre rápido de la gente que no conoce y se aburre más con los conocidos. Al llegar a la puerta de la casa quiso que lo deje en el suelo, trató de entrar primero como siempre pero se caía.

Desde entonces parecía el mismo de siempre pero, obviamente, estaba fingiendo pues lo escuchábamos llorar por las noches. El veterinario nos dijo que tenía la cadera zafada, que nunca quedaría como antes. En efecto, nunca volvió a pelear, se cansaba con una vuelta a la manzana, ladraba a los perros de la vecindad pero ya no se acercaba. Sus antiguos contrincantes empezaron a enmudecer, por la edad, o a desaparecer y cuando Chobi podría considerarse dueño de la situación –a Chuck se lo llevaron en una jaula de ruedas, con bozal y una cinta roja amarrada en la pata- vinieron en huaico las dolencias, las cataratas, la alergia, los huesos que se salen de su sitio.

Uno o dos minutos antes que yo llegue Chobi siempre presiente, ladra y se va a la puerta, aún en las ocasiones en que no se me espera y a horas no habituales. Chobi entra conmigo a cualquier sitio, por más oscuro y siniestro que sea. Siempre dispuesto a la aventura aún a costa de terminar mal parado. Chobi es chusco, chusco en todo, chusquísimo, tiene algo de perro callejero, algo de lord, de pequinés, de moscovita, algo de europeo, bastante de cholo, un poco de todo. Un perro bien peruano. Hoy, otros canes más jóvenes son dueños de la calle. En invierno Chobi duerme todo el día y ya no reconoce casi a nadie. En verano emerge despeinado y legañoso, sale al patio para tomar sol y se está allí solo, mirando el jardín sin verlo, cualquiera diría que está recordando.

Me mira con esa expresión inconfundible de interrogación ¿Vamos a ir a pasear? Y soy yo quien no puede entender ¿Por qué mis preocupaciones o mis ideas tendrían que ser más importantes, más trascendentes? De hecho no lo son. Chobi ladea la cabeza preguntando, qué otra cosa puede ser más importante que salir pasear un rato, pero él ya no puede. Un descuido y Chobi se nos queda ahí en el sitio por lo del corazón, sufre de arritmia.

Chobi me dice con la mirada que, si se trata de eso, ¿qué mejor modo de morir que en la calle? Y, como siempre, tendría razón. Llegamos a la veterinaria y Chobi deja de quejarse y de gemir. Olfatea en el aire, desde hace tres días que no duerme; llora, aúlla, tiembla aterrorizado, ya el veterinario nos ha explicado: por alguna razón su cerebro va perdiendo materia, se está haciendo poroso y el resultado son alucinaciones, terrores, visiones y sonidos que lo acosan. No hay cura, podemos mejorar el riego sanguíneo, tratarle la arritmia, pero nada garantiza que en sueños no le asalten los demonios y sufra. La voz melosa del doctor:

- Tenemos que ponerlo a descansar.

¿Por qué los políticos, los médicos y los veterinarios hablan en plural?

Recuerdo a mi padre cuando me pedía que lo dejemos morir, que no prolonguemos su sufrimiento, ¿quién soy yo para decidir sobre la vida de los demás? Estoy a punto de tomar a Chobi y regresar a la casa pero está tan tranquilo, eso es raro, ha dejado que el veterinario lo examine, yo sé que odia a este veterinario como odia a todos los veterinarios, a los políticos y a los carteros en bicicleta. Es raro.

Abrazo a Chobi, su lengua húmeda sobre mis mejillas lamiendo mis lágrimas y no sé a quien echarle la culpa. Cierro los ojos y al abrirlos Chobi está allí dormido.

Los mochicas creían que seres humanos y animales, al morir, emprenden un viaje de regreso en el que todo ocurre en sentido inverso. Si eso fuese cierto mi viejo Chobi irá rejuveneciendo en esa región lunar y volverá a pelear y a querer y quizá logre, ahora sí, agarrar de las bolas al maldito Chuck Norris y desquitarse.

Un rato después voy arrojando la tierra con mis manos sobre su cuerpo pequeño, entierro con él una parte, quizá la mejor, de mí mismo.


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