MARIANA CREIMERMAN

octubre 29, 2009

MARIANA CREIMERMAN

Mariana, era una chica alta, la voz clara, los cabellos rubios, largos, sueltos, guapa sí, pero en primer lugar inteligente, mirada inteligente y sonrisa casi sarcástica siempre. Mariana Creimerman es una de las mujeres más inteligentes que he conocido en mi vida. Mariana aparentemente lo tenía todo, formación, una educación completa, una familia acomodada, buena pinta, facilidad para escribir sin alardes pero siempre con ese deslumbrante brillo que todos admirábamos. Sin embargo detrás de esas apariencias había más de un quiebre profundo, empezando por un padre que resultó envuelto en evasiones diversas y terminando en la propia Mariana que hizo de su vida un peligroso experimento al límite.

Una anécdota que ella me contó ilustra lo último: Mariana, en sus años de esplendor, salía de noche a recorrer la ciudad. A caminar. No se limitaba a San Isidro o Miraflores. Ni hablar. Se iba a Lince o  la Victoria sin siquiera pensar en el riesgo que corría. Indefectiblemente, al rato de merodear por ahí, entre huacas y cuarteles y calles mojadas, aparecían los vampiros. Hombres, solitarios, de esos que sólo salen de noche. Y la seguían. Y se iban acercando. Nunca le hablaban. El floro, meter conversación, es cosa diurna, estos sujetos no querían hablar, querían robar o violar y punto. Querían sangre. Pero no se atrevían. Era como si no pudiesen creer que esa mujer alta y rubia, blanca, de ojos claros, estuviese de veras ahí, Mariana era imposible, era demasiado. Ella contaba que, en algunos casos, los más avezados la seguían muy de cerca, a pocos metros, cada vez más cerca y entonces ella se volteaba y los encaraba con firmeza: ¿qué quieres? Y los chacales, como murciélagos a los que se ilumina con un potente faro, regresaban a la oscuridad murmurando obscenas imprecaciones.

Eso era Mariana, una mujer que sin quererlo cargaba con su propia aureola de luz deslumbrante y se consumía en esa llama.

Hace un par de años la encontré nuevamente, en Cusco. Ya no escribo, me dijo con aire inconmovible y agregó: escribir me hace daño. Lo entendí. Mariana era el tipo de persona que no haría nada a medias. Para ella escribir no significaba lo mismo que para la mayor parte de la gente. Escribir de verdad entraña siempre un desgarramiento.

Mariana parecía haber logrado un cierto equilibrio por fin, gracias a Vera, su fiel compañera de años postreros, a la generosidad tolerante de los dominicos, a ese ambiente cusqueño deliciosamente cosmopolita y culto que pervive junto al provincianismo más cerril, pero ¿cuál fue el costo de ese equilibrio?

La vida de Mariana Creimerman encarna por un lado y con trágica contundencia,  la torpeza, el desprecio visceral, la estúpida saña con la que son tratados los intelectuales y los artistas en esta parte del mundo, pero también, por otro lado, la soledad, la angustia sin solución, que acosarán siempre a quienes no se resignan, o no son capaces de aceptar ciertas cosas.

Ojalá la gente de CARETAS se anime a  recopilar los escritos de Creimerman, ojalá Vera pueda encontrar y rescatar las otras cosas que ella escribía pero no sé si es eso lo que Mariana querría. No conocemos la causa de su muerte, ella nunca quiso hacerse chequeos o exámenes. Estaba en su derecho. En realidad tampoco interesa. Como ella lo quiso, sus cenizas vuelan ahora hacia el Cusco. Buen viaje, Mariana Creimerman.


LA DESAPARICIÓN DE ROSA CREIDOR

octubre 29, 2009

Mariana Creimerman ha muerto. Rosa Creidor se extingue, como debe ser, por partes. Se niega a desaparecer del todo.

Eran tiempos en los que existía una revista llamada CARETAS que toreaba con humor todas esas frivolidades que hacen la cotidianeidad en una ciudad cortesana y novelera como Lima: la política es la primera de ellas y luego el arte, la cultura, el “acontecer nacional”, los sucesos de sociedad. Por entonces, setenta y ochentas, solíamos bromear con respecto a los personajes que aparecían primero en Ellos y Ellas y pasaban indefectiblemente, tarde o temprano, a la sección policiaca gracias a un crimen pasional o un laboratorio que hacía indiscreta explosión.

Es en ese ambiente privilegiado, con Manuel D’ornellas, Hildebrandt, Ampuero, Cortés (el popular “Casimiro Miranda”),  LAS como comentarista, Carrasco, Gorriti, Lévano, Tamariz, Elmore, Ackermann, Vargas, Ugarriza, Ezeta y tantos otros, entre ellos mi propio hermano Álvaro que falleció el año pasado y, desde luego, los Zileri y la inolvidable Doris Gibson, con un amplio abanico de gente brillante, que escribía y escribía bien, con estilo y con brío, a Coco Salazar se le ocurre inventar a Rosa Creidor usando la primera sílaba del apellido de los involucrados: ROjas SAlazar CREImerman DORnellas (Tomás).

Salazar, personaje extraordinario y pluma excepcional cuando se lo proponía, estaba a punto de morir desde el primer día que lo conocí. Vivía en estado de agonía, adolorido por una úlcera sangrante, amenazado por extraños fantasmas familiares, anunciando todos los días su inminente desaparición de este valle de lágrimas. Un par de veces hizo correr el rumor de su propia muerte. De tal manera que yo llegué a pensar que se trataba de una eficaz estrategia de longevidad y al fin de cuentas Salazar nos enterraría a todos. No fue así, murió el 8 de junio del año pasado con 68 años bien vividos. Fue el primero.

El lunes 26 nos enteramos de la muerte de Mariana. ¿Quién era Mariana Creimerman?


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